En el fútbol, especialmente sudamericano, es natural las altas dosis de fanatismo extremo. En lo alto de la pirámide, el fanatismo argentino es el más, el modelo. Empujado por una pasión, que a muchos de nosotros nos cuesta entender, el argentino, en todo el sentido de la palabra, endiosa a sus ídolos y puede llegar a matar a representantes de su clásico rival. El amor a un club es entrega total, es estar ahí en las buenas y en las malas; es también odiar, a un clásico rival; llevar la guerra a un escenario de polarización

Hay casos donde lo anteriormente señalado es llevado a otros ámbitos, entre los más repugnantes, el político. Algo de eso tuvimos que ver en la candente semana del gasolinazo.

Evistas podríamos llamarles. En defensa de una discurso “coherente” no cambian sus lineamientos, aunque vayan en contra de sus propias bases filosóficas. Opinar en sentido contrario al “club de sus amores” sería renunciar a su cuadriculada ideología, los acercaría al pensamiento del enemigo; porque todo se lo ve como blanco o como negro. Esa gente ha renunciado a la autocrítica.

Pablo Stefanoni, intelectual argentino, lejos del fanatismo de sus compatriotas no pierde el sentido crítico a un proceso que personalmente ha demostrado defender. Pablo sabe que el cambio debe alinearse a su filosofía y no su “filosofía” al “cambio”.


Evo muestra su olfato.

Los adulones, en offside

 

No hizo falta el referéndum que propuso Juan del Granado. Evo Morales llamó a los jefes sindicales y vecinales, se reunió con los cocaleros y no es difícil imaginar qué le dijeron. Aunque las marchas no llegaron a ser multitudinarias, no fueron sólo la acción de pequeños grupos de provocadores, hubo algunos mensajes que el Presidente seguramente sopesó: pedidos de renuncia, por primera vez, entre manifestantes de La Paz, El Alto y Norte de Potosí, malestar entre las propias bases cocaleras (¿quién hubiera dicho que un bloqueo en Ivirgarzama, hace pocas semanas, no hubiera sido dispersado sin respetar los buenos modales?) y, finalmente, la posibilidad cierta de que desde esta semana diversos sectores sociales comenzaran las marchas hacia la sede del Gobierno. Pero, además, quedó a la vista el costo ideológico nacional e internacional de esta medida que parecía facturada en las usinas del FMI, una imagen no precisamente agradable para quien tiene un liderazgo internacional por sus críticas al capitalismo.

Pero Evo sigue mostrando reflejos preventivos. Por suerte, sigue escrutando el humor popular por encima de las opiniones apologéticas, que en defensa de pegas, peguitas o a la espera de pegas y peguitas (o por simple convicción, supongo) salieron a justificar el ajuste con entusiasmo y argumentos dignos de los 90. Varios de mis amigos de izquierda clasemediera salieron a defender el ajuste y a contrarrestar a los críticos, no principalmente la derecha conservadora. El esposo de una parlamentaria descalificaba diciendo que “lo peor no es la ignorancia sino el entusiasmo que se le pone”, mi compañero del Dipló, Ricardo Bajo, se jactaba que Evo tiene espaldas para esto y más frente a mis dudas en esta columna la semana pasada sobre los diferentes frentes abiertos y escribió que “la rodilla de Evo está para el carajo pero la espalda es ancha y soportará” y su oda al paquetazo (hablaba de gasolinazo con comillas y nivelación a secas) circuló abundantemente desde oficinas gubernamentales. Incluyendo la curiosidad de que los campesinos no eran afectados porque no tienen auto y los minibuses no llegan a sus pueblos’ Otro amigo de izquierda, que se comenta que irá a trabajar a una embajada, decía que aunque la medida es impopular era necesaria, reeditando implícita o explícitamente los argumentos liberales de los 90: esto es economía, responsabilidad… cualquier otra cosa ideología, demagogia, ingenuidad. Parafraseando la cita sobre la ignorancia, podríamos decir que lo grave no es la soberbia sino el entusiasmo que se le pone.

Pero más allá de las anécdotas, la cuestión es conceptual para la izquierda en el futuro inmediato. La primera pregunta es a quiénes afectan los ajustes, y si respuesta es al pueblo, la izquierda debe rechazarlos. Si creemos que son los que tienen 4×4 los afectados por los gasolinazos quizás debimos apoyar los de Jaime Paz o Carlos Mesa e incluso pedir que fueran más contundentes. La idea de que el subsidio fue neoliberal entonces quitarlo es progresista, no resiste el menor análisis. Por dos motivos:

1. Los neoliberales siempre quisieron acabar con el subsidio de Banzer o al menos reducir su impacto, pero hubieran caído en horas si lo hacían.

2. Aunque una medida sea neoliberal, es necesario evaluar sus efectos al acabar con ella. Por eso Rafael Correa no desdolariza Ecuador y por eso la izquierda se oponía a la devaluación masiva en Argentina pese a haber rechazado el uno a uno (un peso=un dólar) de Menem-Cavallo.

El problema es que la izquierda culturalista hizo su trabajo, y ya queda poco debate económico. La izquierda no opina si hay que subir o bajar el dólar, qué tipo de políticas industriales debemos tener, qué tipo de relación debería establecerse entre Estado y mercado, qué tipo de modelo de desarrollo’ y otros temas que los culturalistas consideran demasiado prosaicos. Así, estamos desarmados ideológicamente frente a los argumentos tecnocráticos y del sentido común.

Con todo, creo que la minicrisis del gasolinazo abre novedosos espacios para la crítica constructiva y el debate interno, que se había ido cancelando en medio del “cierre de filas”. Es la crítica honesta –y el pensamiento autónomo- lo que garantizará el avance del proceso de cambio. La adulonería sólo conduce a entumecerlo.
Pablo Stefanoni es periodista.

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