Lecciones del terremoto árabe

    Todos coinciden en que el tsunami político que está viviendo el norte de África, corazón del mundo árabe, es una eclosión surgida del seno y la base de la sociedad de Túnez y Egipto (en pleno proceso de expansión hacia otras naciones de la región).

    El pedido fundamental, el pilar de la demanda que terminó derribando a dos gobiernos dictatoriales, fue tan simple como esencial, libertad y democracia, derecho a elegir al Gobierno, hartazgo de dictadores que disfrazaban mal su autoritarismo en sucesivas elecciones amañadas que ganaban siempre con más del 90% de los votos. Hartazgo, en suma, de largas dictaduras, de censura de prensa, de represión y cárcel, de prohibición de partidos y sindicatos.

    La primera conclusión es extraordinariamente importante. Más allá de la cultura, más allá de la religión, más allá de las grandes diferencias con el mundo occidental, la reivindicación de los pueblos en cuestión fue y es la construcción de una democracia. No una democracia especial referida a la tradición nacional de cada quien, una democracia basada en premisas elementales como libertades básicas, entre ellas libertad de expresión, pluralismo político, voto directo para cada ciudadano y alternancia en el poder.

    Segunda conclusión: Lo que vale para un dictador en el norte vale para un dictador en el sur, para uno en el este y otro en el oeste. Los dictadores del mundo deben comenzara a comprender que más temprano que tarde les llegará un cuestionamiento que se hará insoportable por muy larga y profunda que haya sido su dictadura.

    Tercera conclusión: No es verdad que haya sociedades más preparadas y menos preparadas para la democracia. La democracia está basada en la libertad y ésta en lo obvio, la soberanía está en el pueblo y no hay argumento que valga para escamotearle al pueblo el derecho de ejercerla.

    Cuarta conclusión: En el siglo XXI los mecanismos de clausura de la libertad están cada vez más expuestos (afortunadamente). El papel del internet, traducido en instrumentos como las redes sociales (Facebook y Twitter) se han convertido en armas de una fuerza devastadora contra el silencio forzado y la represión.

    Quinta conclusión: No se puede entender la transformación hacia la libertad de cualquier sociedad sin la combinación de un pueblo movilizado, medios de vanguardia y medios “viejos”. La televisión sigue siendo un catalizador de las fuerzas de convocatoria de las redes sociales. Pero la gente es el principio y el fin del movimiento, por si las dudas.

    Sexta conclusión: Es posible, contra muchos pronósticos, llevar adelante un cambio de régimen dictatorial con una movilización pacífica. No es verdad que el único camino para derrotar la violencia sea la violencia.

    Séptima conclusión: Debe tomarse en consideración la posibilidad de que una movilización popular iniciada por detonantes específicos que se desarrolla sin un liderazgo individual o partidario, culmine con éxito. Pero es evidente que el éxito de largo plazo depende de la construcción de fuerzas políticas y liderazgos con fuerte base social, que hagan viable un mecanismo genuinamente democrático.

    En el caso específico del mundo árabe la equivocada tesis occidental de que los dictadores eran una garantía de paz interior y de freno al islamismo radical, se ve en entredicho. Si bien es verdad que el desenlace de estos procesos no se ha dado totalmente, todo parece indicar que la apertura del espectro a fuerzas del más diverso signo no conducirá necesariamente al fundamentalismo. El islamismo es, no lo olvidemos, la religión mayoritaria de toda la región. Es perfectamente posible, como ocurre en Turquía, compatibilizar un sistema político democrático en una sociedad islámica.

    La paradoja se da precisamente aquí. Estados Unidos y Europa respaldaron esas dictaduras que contradicen su discurso moral y su discurso político, pero irónicamente, las reivindicaciones de las sociedades que derribaron a los dictadores están insufladas de un espíritu de libertad que es el discurso que la doble moral europea y norteamericana han defendido siempre mientras respaldaban a quienes lo coartaban.

    Hoy llegan tarde al reacomodo de fichas, lo que quiere decir que lo democrático deja de ser un patrimonio de Occidente para convertirse en un patrimonio universal, eso es realmente la buena noticia y desmiente a quienes han insistido que las características culturales e históricas de los diversos países impiden respuestas a las demandas de libertad y democracia de sus pueblos. El secreto del sistema democrático es que recoge la experiencia histórica de la humanidad y, con sus imperfecciones, es lejos el mejor de los mecanismos para responder a esas demandas que son intrínsecas a nuestra naturaleza.

    Carlos D. Mesa Gisbert fue Presidente de Bolivia.

 

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