Rene Sanabria ha sido condenado a 14 años de prision

¿Qué hace a un hombre arriesgar la armonía de su vida? ¿Qué lo impulsa a jugarse su libertad, su condición social y económica moderadamente aceptable? ¿Por qué un hombre quien otrora gozara de privilegios exclusivos hoy implora perdón, en nombre de sus hijos, en otro país, juzgado por una rigidez que en su natal país burló? Entre tantas respuestas que puedan imaginarse, yo me decanto por una: Poder y dinero, rápido y “fácil”.

No basta discutir la ambición por sí misma, no vamos a caer en moralismos baratos achacando los males del hombre moderno al dinero. El dinero es necesario, y es justo luchar por él. Y es natural ambicionar más de ello. Lo que ocurre es que esa ambición puede crecer desairadamente, encegueciendo al codicioso de turno, haciéndose de él, manipulándolo a diestra y siniestra.

Arriba, cerca del poder, donde a la gente se la mueve, sin siquiera abrir el pico, es más fácil embriagarse de ambición. Los retos son más simples. La regla la hace el que tiene el oro, y a este, a su vez, no lo rigen reglas. Es una puerta ancha a lo fácil, lo instantáneo. Contrabando, narcotráfico, maniobras de presupuesto. Hay variedad para escoger el camino al Edén. Paraíso verde, verde olivo…

Tienes poder,  contactos y una maraña de gente que hará el trabajo sucio por ti, además a tu favor juega unas flácida institucionalidad, que hace lejana la posibilidad de ser descubierto; total, si algún gil se hace pescar, cae y se jode solo, tú no.

Y el ciclo se repite: más se tiene, más se quiere. El poder se enciende y desprende su embriagadora humareda. Se nubla la razón. Ni se quiere, ni se puede ver el riesgo, omnipresente. Está ahí. Y es directamente proporcional a la hazaña emprendida.

Puede que el crimen se haga perfecto, inmune, como puede que no, y entonces suceden cosas como las de un 23 de septiembre.

René Sanabria, ex comandante de la FELCN ha sido condenado a 14 años de prisión, lejos de su país, de sus lujos, de sus vicios. Implora. Llora. Acude al drama y argumenta que sus hijos lo necesitan.

Tarde, René… tarde.

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