Crónica del concierto de Pedro Guerra del Viernes 27 de Julio en el Teatro Municipal de La Paz, Bolivia (Las imágenes de este post son de autoría de Andrés Claros Roncal, cuyo sitio web es http://www.flickr.com/photos/andresclaros/ )

Una guitarra. Una silla. Sobre ésta, un juglar de cabellos cenizados, chompa con cuello de tortuga, jeans y zapatillas rojiblancas.
Sencillo él.
Sencillo el escenario. Sencilla iluminación. La tarea, entonces, de armar esta crónica es recorrer el camino entre lo sencillo a lo apoteósico, que es como terminó un espectáculo precioso de dos horas, que encandiló al público paceño, que en momentos parece soso, pero luego estalla cuando le saben llegar. Como Pedro Guerra lo hizo.
Fue viernes sobre las viejas taquillas del Teatro Municipal. Viernes 27 de Julio. Las entradas para el concierto se agotaron desde el Lunes 23, merced a un raro procedimiento de reservas, vía teléfono; a sabiendas de que más de uno habrá asegurado filas enteras, dejando nada para los incautos que esperan llegar a boletería faltando horas para el inicio del show.
A las 20:10 se abrieron las puertas. A las 20:25, Pedro Guerra aparecía en escena. Soprendido por el lleno total y agradeciendo por la presencia, comenzó su travesía, la nuestra.
Tres canciones del nuevo álbum, todas con amenas introducciones. Algunas canciones no grabadas. Y los clásicos de un artista que lleva treinta años cantando y escribiendo.  Sonó casi todo lo que tenía que sonar (pienso en Otra forma de sentir, por decir algo, como gran ausente). Rápido tiró a matar: Los inconfundibles acordes de Daniela sonaban para el suspiro-emoción-delirio del Municipal. Cuando termina una pieza, estira el brazo derecho y sonríe levemente. A cada comentario ingenioso,  el público le aplaude, y el Canario baja la cabeza, afina la guitarra o simula tocarla (¿Cómo es que con una simple guitarra, se puede armar todo un templo? ).

Dos veces simuló irse a camarinos. Pero volvió. Y en la medida que volvía, el público estallaba más y más, en gritos, en coros, en peticiones. Lo que fue un inicio algo tibio, terminó en una ovación, de pie, ruidosa, apoteósica.

Dicen que fue  veintiocho canciones. No lo sé. Me cuesta hasta recordar el orden en que desfilaron éstas. Lo que sí sé  es que sonaron casi desnudas. Íntimas.

Sabina decía que la gira el Penúltimo Tren, del disco Vinagre y Rosas, sería el último en grandes escenarios, a los que habría de cambiarlos por espacios reducidos, donde se oiga la voz de la gente: Intimidad a cambio de Show. Y eso es lo que tuvo el concierto de Pedro Guerra, intimidad. Esa intimidad por donde la poesía (no versos, no rimas, no palabras) se propaga no más rápida sino más profundamente, echa raíces.  De ahí la explicación de cómo el concierto se convirtió de lo sencillo a lo apoteósico. Aunque habrá que decir que jamás renunció a su sencillez. De hecho partió de ella, y desde ella creció hasta tocar su techo, y acabó siendo un delirio.
El Municipio le hizo huésped ilustre de la Ciudad de La Paz. Día antes el Ministerio de Culturas le obsequió una copia manuscrita del Diario del Ché. Lo hizo saber al público y, entonces, como él indicó, fuera de programa, entonó Un muchacho de mi edad, esta vez de pie. Fue la última canción. Se fue a camerinos notoriamente emocionado, cuando no soprendido.

¿Podemos hablar de puntos débiles? Por momentos el sonido parecía que fallaba. Y algo que es muy desagradable es que a algun fulano se le ocurra pedir El Marido de la Peluquera durante la primera hora del concierto. Para la anécdota, si es que eso alcanza. Nada más.

Todo lo demás, mañana, algún día, será nostalgia, que es en lo que se convierte la vida, que, sin canciones, sin versos, sin música, sin poesía, era sólo  existencia.

De la Saya

(Relato construído en base a tres versiones recogidas en Huancané, Chicaloma y Coroico)

De nuestros clásicos negros, yo puedo decir, sin temor a equivocarme, que lo más genuino está aquí, porque tienen dos comunidades, hay dos comunidades de negros.  Se llaman Corpán y Naranján. Por ejemplo, se bailaba la saya. En allá le llamaban tundiki; el tundiki era por el golpe que hacían de la caja. Yo no sé de dónde han aparecido aquello que ahora llaman “Caporales”. En ese tiempo no había. Antes la saya era muy bonita y la bailaban sólo con cajas y cantaban con cajas, y tienen una voz muy linda los negros, muy bonito cantaban.

Por ejemplo, yo recuerdo matrimonios, ¿no?. Todos venían en mulas, y la pareja en caballo, ¿no?. Y daban vueltas y cantaban con sus cajas. Era una cosa muy hermosa, fantástica era. Y ahora se ha perdido, y estos de Naranján y Corpán no quieren saber nada. Dicen “somos burlejo”, dicen. Yo he tratado de convencerlos de que bailaran aquí la saya como lo hacían antes, pero no, no quieren, ya no quieren. Más bien en Chicaloma están haciendo pero no me parece tan genuino como era aquí. Tenía su música muy bonita.

Por ejemplo, hay una música que tuvo su orígen aquí, de un negro, pero típico negro africano, alto el negro, de una cabecita bien chiquitita y una nariz aplastada, ¿no? ¡Y cantaba de bonito el tipo! Estaba al servicio de todos, ese tiempo; tenía un empleo nada serio, ¿no? Yo recuerdo que salía, en las mañanas, por ejemplo, antes de las seis de la mañana. Teníamos aquí la pila. Era la única. Entonces él venía a recoger agua en la cantina, ¿no? y tamborileaba ¡Qué lindo! Y por ejemplo decía: “Los colorados ¿dónde están? -decía- Viva La Flor de Bolivia, ferrocarril a los Yungas”, dice, cantaba el negro, ¿no? Y esa música nosotros hemos aplicado al deporte ya, ¿no?. En La Paz se cantaba mucho “Los Azulejos”. Esta música no se cuándo la habrá hecho un grupo que es un conjunto de artistas ecuatorianos, ¿no?. Y lo único es que no dicen “Los Azulejos”, “¿De dónde son los pajarillos?”, dicen, pero exactamente se lo grabaron y se hicieron dueños de él. Como siempre existe, ¿no?, el piraterío, en estos casos el plagio, ¿no?. Siempre ocurre eso.

Aquí existe un sólo negro que sabe bailar la saya, uno sólo, que sabe bailar la saya, pero la saya de verdad. Pero no quiere enseñar a nadie. Vive con una señora que tiene sus hijos. Se llama Jesús. Le digo: “Pero Jesús, enseñales, no te lo vas a llevar eso, te vas a morir, y chau París, ¿y qué va a ser del baile?”. Todos piensan que la saya es mover, pero la saya es elegante. Quiero que le vean a ese negro. Cuando está borracho nomás baila, es un compás de ritmo y de movimiento de brazos, que no es torpe, no es por ejemplo como yo veo bailar en la ciudad, ya como tanto se ve. El negro lo baila bien, pero no quiere enseñar a nadie, no dice ni esta boca es mía.

Más bien los jóvenes han vuelto a incentivar esta cuestión de la saya, por eso han ido a La Paz, a toda Bolivia han ido, a Sucre, todo eso. Han salido a representar ya jovencitos, estudiantes, todo, ¿no?. Al oír cantar, entonces, han vuelto a la moda esa de la saya, porque es idéntico a los modales del África, idéntico, idéntico. Hasta ahora mismo, siempre por ahí esos modales, ¿no?. Porque cuando moría una persona, uno de los miembros de una familia, entonces todos los negros, toda la comunidad asistía al entierro. Entonces hacían allí sus ruedos que llaman en mauchik, comenzaban a cantar así, coplas despidiéndose del muerto, y coplas también de sentimiento para los dolientes ¡Uh! lindo cantan, pues.