(Relato construído en base a tres versiones recogidas en Huancané, Chicaloma y Coroico)

De nuestros clásicos negros, yo puedo decir, sin temor a equivocarme, que lo más genuino está aquí, porque tienen dos comunidades, hay dos comunidades de negros.  Se llaman Corpán y Naranján. Por ejemplo, se bailaba la saya. En allá le llamaban tundiki; el tundiki era por el golpe que hacían de la caja. Yo no sé de dónde han aparecido aquello que ahora llaman “Caporales”. En ese tiempo no había. Antes la saya era muy bonita y la bailaban sólo con cajas y cantaban con cajas, y tienen una voz muy linda los negros, muy bonito cantaban.

Por ejemplo, yo recuerdo matrimonios, ¿no?. Todos venían en mulas, y la pareja en caballo, ¿no?. Y daban vueltas y cantaban con sus cajas. Era una cosa muy hermosa, fantástica era. Y ahora se ha perdido, y estos de Naranján y Corpán no quieren saber nada. Dicen “somos burlejo”, dicen. Yo he tratado de convencerlos de que bailaran aquí la saya como lo hacían antes, pero no, no quieren, ya no quieren. Más bien en Chicaloma están haciendo pero no me parece tan genuino como era aquí. Tenía su música muy bonita.

Por ejemplo, hay una música que tuvo su orígen aquí, de un negro, pero típico negro africano, alto el negro, de una cabecita bien chiquitita y una nariz aplastada, ¿no? ¡Y cantaba de bonito el tipo! Estaba al servicio de todos, ese tiempo; tenía un empleo nada serio, ¿no? Yo recuerdo que salía, en las mañanas, por ejemplo, antes de las seis de la mañana. Teníamos aquí la pila. Era la única. Entonces él venía a recoger agua en la cantina, ¿no? y tamborileaba ¡Qué lindo! Y por ejemplo decía: “Los colorados ¿dónde están? -decía- Viva La Flor de Bolivia, ferrocarril a los Yungas”, dice, cantaba el negro, ¿no? Y esa música nosotros hemos aplicado al deporte ya, ¿no?. En La Paz se cantaba mucho “Los Azulejos”. Esta música no se cuándo la habrá hecho un grupo que es un conjunto de artistas ecuatorianos, ¿no?. Y lo único es que no dicen “Los Azulejos”, “¿De dónde son los pajarillos?”, dicen, pero exactamente se lo grabaron y se hicieron dueños de él. Como siempre existe, ¿no?, el piraterío, en estos casos el plagio, ¿no?. Siempre ocurre eso.

Aquí existe un sólo negro que sabe bailar la saya, uno sólo, que sabe bailar la saya, pero la saya de verdad. Pero no quiere enseñar a nadie. Vive con una señora que tiene sus hijos. Se llama Jesús. Le digo: “Pero Jesús, enseñales, no te lo vas a llevar eso, te vas a morir, y chau París, ¿y qué va a ser del baile?”. Todos piensan que la saya es mover, pero la saya es elegante. Quiero que le vean a ese negro. Cuando está borracho nomás baila, es un compás de ritmo y de movimiento de brazos, que no es torpe, no es por ejemplo como yo veo bailar en la ciudad, ya como tanto se ve. El negro lo baila bien, pero no quiere enseñar a nadie, no dice ni esta boca es mía.

Más bien los jóvenes han vuelto a incentivar esta cuestión de la saya, por eso han ido a La Paz, a toda Bolivia han ido, a Sucre, todo eso. Han salido a representar ya jovencitos, estudiantes, todo, ¿no?. Al oír cantar, entonces, han vuelto a la moda esa de la saya, porque es idéntico a los modales del África, idéntico, idéntico. Hasta ahora mismo, siempre por ahí esos modales, ¿no?. Porque cuando moría una persona, uno de los miembros de una familia, entonces todos los negros, toda la comunidad asistía al entierro. Entonces hacían allí sus ruedos que llaman en mauchik, comenzaban a cantar así, coplas despidiéndose del muerto, y coplas también de sentimiento para los dolientes ¡Uh! lindo cantan, pues.

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