Suponiendo que se llegue a despenalizar el aborto, lo lógico y natural sería que éste sea gratuito, seguro y factible, es decir que tenga la capacidad de atender a esos cuarenta mil abortos que, se estima,  se practican por cada año.

¿Estamos en esas condiciones?  Probablemente no.

Suponiendo, una vez más, que se llegue a despenalizar el aborto, ¿mejoraría esto, por sí mismo, a nuestra educación sexual? ¿Impediría que quienes hombres nacimos dejemos a un lado los vicios de nuestro machismo que, sin duda, algo tiene que ver con esa cifra de cuarenta mil abortos/año?

Más dudas.

¿Podemos entonces esperar a que el sistema de salud público mejore? ¿podemos aguardar a que la despatriarcalización (si es que realmente esto se está llevando a cabo) eche raíces y de sus frutos?

Una hipotética legalización del aborto no va a solucionar nuestro sistema sanitario; no va a desmontar el profundo machismo de este, o cualquier otro, país.

Pero sí que va a poner el ojo sobre esas miles de mujeres que mueren o se les pudre el vientre después de sabe-dios qué tipo de “intervención médica” practicada por sabe-dios quién.

Primero es ello. Luego, podemos hablar de replantear nuestra educación sexual, que afianzada en los moralismos e intimidaciones, no ha funcionado. Está claro: no nos salen pelos en las manos por masturbarnos. No quedan “roscas” las muchachas por gozar su derecho sexual. No se pone celosa y justiciera la Vírgen María si un par de jóvenes se aman en Copacabana…

Se trata de educar para no abortar, abortar para no morir. Se trata de entender que la mujer es quien debe decidir sobre su cuerpo, y que esto no la vuelve una consumista del aborto, ni una asesina. La convierte una mujer con más derechos. Y nos convierte en un país más serio. Necesitamos romper pre-conceptos.

Pero romper pre-conceptos va más allá. Se trata también de evitar una confrontación innecesaria con quienes piensan diferente por sus influencias religiosas o por cualquier otro motivo. Basta con ver, como ejemplo, lo sucedido en el vecino país estos últimos días.

¿Quién gana cuando un grupo de gente pro-aborto se lanza a una Catedral de Santiago de Chile a destrozar sus bienes y a escribir “El aborto es lo mejor. Me kago en Dios” o “María kería abortar”?

Resulta, por lo menos, curioso que quienes se pronuncien en favor de la tolerancia y la pluralidad cometan actos tan irrespetuosos e irresponsables, que,  esto es lo peor, dan alas al conservadurismo para dividir al mundo en dos: nosotros, buenos; ellos, malos.

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La cosa no pasa por ahí, no pasar por desahogar la intolerancia con los intolerantes.

Se trata de entender algo que está claro: Quien quiere abortar, aborta, sea o no legal, sea o no pecado. Se lo hace por una combinación de motivos tan complejos que no nos vendría mal tratar de entenderlos primero antes de encasillarnos en posiciones cerradas, donde la verdad ya está sentenciada y nada más se puede decir o hacer.

Al derecho de la vida del feto no se la defiende en contra de una despenalización (no incentivo, no obligación, no invitación), se la debería defender a diario, por ejemplo, yendo a la Garita de Lima, en los tantos “centros de salud” que abundan, donde muchísimas mujeres acuden a realizarse un aborto. Debería defenderse descubriendo qué realmente se esconde detrás de un anuncio de “Test de embarazo”.

La realidad nos desborda. La realidad necesita acciones. Urgentes.

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