Crónica del concierto de Pedro Guerra del Viernes 27 de Julio en el Teatro Municipal de La Paz, Bolivia (Las imágenes de este post son de autoría de Andrés Claros Roncal, cuyo sitio web es http://www.flickr.com/photos/andresclaros/ )

Una guitarra. Una silla. Sobre ésta, un juglar de cabellos cenizados, chompa con cuello de tortuga, jeans y zapatillas rojiblancas.
Sencillo él.
Sencillo el escenario. Sencilla iluminación. La tarea, entonces, de armar esta crónica es recorrer el camino entre lo sencillo a lo apoteósico, que es como terminó un espectáculo precioso de dos horas, que encandiló al público paceño, que en momentos parece soso, pero luego estalla cuando le saben llegar. Como Pedro Guerra lo hizo.
Fue viernes sobre las viejas taquillas del Teatro Municipal. Viernes 27 de Julio. Las entradas para el concierto se agotaron desde el Lunes 23, merced a un raro procedimiento de reservas, vía teléfono; a sabiendas de que más de uno habrá asegurado filas enteras, dejando nada para los incautos que esperan llegar a boletería faltando horas para el inicio del show.
A las 20:10 se abrieron las puertas. A las 20:25, Pedro Guerra aparecía en escena. Soprendido por el lleno total y agradeciendo por la presencia, comenzó su travesía, la nuestra.
Tres canciones del nuevo álbum, todas con amenas introducciones. Algunas canciones no grabadas. Y los clásicos de un artista que lleva treinta años cantando y escribiendo.  Sonó casi todo lo que tenía que sonar (pienso en Otra forma de sentir, por decir algo, como gran ausente). Rápido tiró a matar: Los inconfundibles acordes de Daniela sonaban para el suspiro-emoción-delirio del Municipal. Cuando termina una pieza, estira el brazo derecho y sonríe levemente. A cada comentario ingenioso,  el público le aplaude, y el Canario baja la cabeza, afina la guitarra o simula tocarla (¿Cómo es que con una simple guitarra, se puede armar todo un templo? ).

Dos veces simuló irse a camarinos. Pero volvió. Y en la medida que volvía, el público estallaba más y más, en gritos, en coros, en peticiones. Lo que fue un inicio algo tibio, terminó en una ovación, de pie, ruidosa, apoteósica.

Dicen que fue  veintiocho canciones. No lo sé. Me cuesta hasta recordar el orden en que desfilaron éstas. Lo que sí sé  es que sonaron casi desnudas. Íntimas.

Sabina decía que la gira el Penúltimo Tren, del disco Vinagre y Rosas, sería el último en grandes escenarios, a los que habría de cambiarlos por espacios reducidos, donde se oiga la voz de la gente: Intimidad a cambio de Show. Y eso es lo que tuvo el concierto de Pedro Guerra, intimidad. Esa intimidad por donde la poesía (no versos, no rimas, no palabras) se propaga no más rápida sino más profundamente, echa raíces.  De ahí la explicación de cómo el concierto se convirtió de lo sencillo a lo apoteósico. Aunque habrá que decir que jamás renunció a su sencillez. De hecho partió de ella, y desde ella creció hasta tocar su techo, y acabó siendo un delirio.
El Municipio le hizo huésped ilustre de la Ciudad de La Paz. Día antes el Ministerio de Culturas le obsequió una copia manuscrita del Diario del Ché. Lo hizo saber al público y, entonces, como él indicó, fuera de programa, entonó Un muchacho de mi edad, esta vez de pie. Fue la última canción. Se fue a camerinos notoriamente emocionado, cuando no soprendido.

¿Podemos hablar de puntos débiles? Por momentos el sonido parecía que fallaba. Y algo que es muy desagradable es que a algun fulano se le ocurra pedir El Marido de la Peluquera durante la primera hora del concierto. Para la anécdota, si es que eso alcanza. Nada más.

Todo lo demás, mañana, algún día, será nostalgia, que es en lo que se convierte la vida, que, sin canciones, sin versos, sin música, sin poesía, era sólo  existencia.

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De la Saya

(Relato construído en base a tres versiones recogidas en Huancané, Chicaloma y Coroico)

De nuestros clásicos negros, yo puedo decir, sin temor a equivocarme, que lo más genuino está aquí, porque tienen dos comunidades, hay dos comunidades de negros.  Se llaman Corpán y Naranján. Por ejemplo, se bailaba la saya. En allá le llamaban tundiki; el tundiki era por el golpe que hacían de la caja. Yo no sé de dónde han aparecido aquello que ahora llaman “Caporales”. En ese tiempo no había. Antes la saya era muy bonita y la bailaban sólo con cajas y cantaban con cajas, y tienen una voz muy linda los negros, muy bonito cantaban.

Por ejemplo, yo recuerdo matrimonios, ¿no?. Todos venían en mulas, y la pareja en caballo, ¿no?. Y daban vueltas y cantaban con sus cajas. Era una cosa muy hermosa, fantástica era. Y ahora se ha perdido, y estos de Naranján y Corpán no quieren saber nada. Dicen “somos burlejo”, dicen. Yo he tratado de convencerlos de que bailaran aquí la saya como lo hacían antes, pero no, no quieren, ya no quieren. Más bien en Chicaloma están haciendo pero no me parece tan genuino como era aquí. Tenía su música muy bonita.

Por ejemplo, hay una música que tuvo su orígen aquí, de un negro, pero típico negro africano, alto el negro, de una cabecita bien chiquitita y una nariz aplastada, ¿no? ¡Y cantaba de bonito el tipo! Estaba al servicio de todos, ese tiempo; tenía un empleo nada serio, ¿no? Yo recuerdo que salía, en las mañanas, por ejemplo, antes de las seis de la mañana. Teníamos aquí la pila. Era la única. Entonces él venía a recoger agua en la cantina, ¿no? y tamborileaba ¡Qué lindo! Y por ejemplo decía: “Los colorados ¿dónde están? -decía- Viva La Flor de Bolivia, ferrocarril a los Yungas”, dice, cantaba el negro, ¿no? Y esa música nosotros hemos aplicado al deporte ya, ¿no?. En La Paz se cantaba mucho “Los Azulejos”. Esta música no se cuándo la habrá hecho un grupo que es un conjunto de artistas ecuatorianos, ¿no?. Y lo único es que no dicen “Los Azulejos”, “¿De dónde son los pajarillos?”, dicen, pero exactamente se lo grabaron y se hicieron dueños de él. Como siempre existe, ¿no?, el piraterío, en estos casos el plagio, ¿no?. Siempre ocurre eso.

Aquí existe un sólo negro que sabe bailar la saya, uno sólo, que sabe bailar la saya, pero la saya de verdad. Pero no quiere enseñar a nadie. Vive con una señora que tiene sus hijos. Se llama Jesús. Le digo: “Pero Jesús, enseñales, no te lo vas a llevar eso, te vas a morir, y chau París, ¿y qué va a ser del baile?”. Todos piensan que la saya es mover, pero la saya es elegante. Quiero que le vean a ese negro. Cuando está borracho nomás baila, es un compás de ritmo y de movimiento de brazos, que no es torpe, no es por ejemplo como yo veo bailar en la ciudad, ya como tanto se ve. El negro lo baila bien, pero no quiere enseñar a nadie, no dice ni esta boca es mía.

Más bien los jóvenes han vuelto a incentivar esta cuestión de la saya, por eso han ido a La Paz, a toda Bolivia han ido, a Sucre, todo eso. Han salido a representar ya jovencitos, estudiantes, todo, ¿no?. Al oír cantar, entonces, han vuelto a la moda esa de la saya, porque es idéntico a los modales del África, idéntico, idéntico. Hasta ahora mismo, siempre por ahí esos modales, ¿no?. Porque cuando moría una persona, uno de los miembros de una familia, entonces todos los negros, toda la comunidad asistía al entierro. Entonces hacían allí sus ruedos que llaman en mauchik, comenzaban a cantar así, coplas despidiéndose del muerto, y coplas también de sentimiento para los dolientes ¡Uh! lindo cantan, pues.

El puente

La noticia inundó el planeta: VOLARON EL RÍO MADRE DE DIOS. Lo que estaba predestinado a ser -según palabras del propio Presidente, el Dr Alan García Pérez- “la gran fiesta de los propulsores de la integración y el desarrollo sudamericano”, al devenir en tragedia de acero y cemento chamuscados, desató la mayor persecución política y militar que recuerde la historia de la Amazonía y del continente, sólo comparable a los años de plomo de las dictaduras militares cuando estaba en vigencia el llamado “Plan Cóndor” para perseguir guerrilleros de izquierda.

Ahora el perseguido en la mira se llama Comando Javier Herald (CJH), un grupo elusivo y por cierto desconocido hasta que se tomaron la osadía de derrumbar el primer puente construido en la Amazonía Sur Occidental que cruzaba -entre la ciudad de Puerto Maldonado y un caserío llamado El Triunfo- uno de los mayores ríos del planeta: El Amarumayu de los Incas, el Madre de Dios de los mapas actuales, afluente del Beni, a la vez confluente del Madera, a su vez afluente del gran Amazonas, el Río-Mar.

Pero el puente sobre el río Madre de Dios no era cualquier puente. Era la obra estrella de la IIRSA, la Iniciativa de Integración de la Infraestructura Sudamericana, el mayor plan de apertura hacia los negocios que recuerde la historia de este lado del mundo y el tendido ingenieril sobre aguas tan míticas, no sólo creía representar la victoria del hombre sobre una naturaleza desbordante, sino el simbolo de esa vocación por “la civilización y el progreso” que también encarnaban todos los invitados a la inauguración.

Allá estaban, para la fiesta que no fue, en Puerto Maldonado, el ya nombrado Alan García, el antiguo “caballo loco” de la izquierda ochentosa, ahora devenido en liberal ortodoxo y que quería despedirse de su segundo periodo a cargo de la magistratura peruana, inaugurando el llamado Correador Bioceánico -un conjunto de carreteras que unen los dos oceános, desde Santos hasta Mollendo y de allí a la China, y que tenía en el puente, la cereza de la torta.

“¡Hijos de puta!” -dicen que dijo como intuyendo desgracias, cuando en paños menores, salió del cuarto del resort donde pernoctaba a la espera de los demás invitados y del amanecer que llegaba y oyó el primer estruendo. Éste tuvo lugar a las 5:57 de la mañana. El segundo fue un minuto después: 5:58. Las torres de concreto no demoraron nada en convertirse en polvo y disolverse como azúcar impalpable en las aguas claras de la corriente.

Ocho kilos de C4 dijieron los expertos de la inteligencia peruana y brasileña en el informe preliminar que brindaron una semana después de la hecatombe fluvial. Al oír el segundo bombazo, Alan, rodeado de guardaespaldas que no entendían lo que pasaba, corrió donde se alojaba Inacio Lula Da Silva, el ex y por dos veces presidente de o mas grande país do mundo y ahora firme candidato a suceder a Bai Ki Moon en la presidencia de la ONU. Lula descansaba en la habitación N° 13. Alan comentó a The New Yok Times: “Lula estaba dormido o con resaca. Mientras golpeaba frenéticamente para despertarlo, un coronelito llegó todo transpirdo con la noticia: habían volado el puente sobre el río Madre de Dios. fue ahí donde dije “Hijos de Puta” y no antes, como consignan algunos medios”.

La entrevista no tiene desperdicio, así que sigo transcrbiéndola: “Al final, Lula abrió la puerta, me miró con cara indescifrable mientras yo le contaba lo sucedido. Su primera reacción fue balbucear: “filhos de puta” y me pidió diez minutos para ducharse. Me encareció que le envíen un café bien cargado a su cuarto, guiñó un ojo y cerró la puerta”.

Dilma Rousseff, la futura presidenta de Brasil, habia pernoctado en una fazenda del Acre y estaba a punto de partir hacia Perú cuando la Iridium soñó con un pájaro agorero. Según Veja, Dilma casi se desmaya cuando Alan le narró la tragedia. Según la misma fuente, fue ella la que lanzó una de las comparaciones más audaces pero no por ello inverosímil: “esto se parece a la irrupción de los zapatistas, justo un día antes de la vigencia del TLC”. Dilma, que supo asaltar bancos con las armas en la mano como buena guerrillera, dio en el clavo, según los lectores comprobarán más adelante.

Evo Morales y Álvaro García Linera, presidente y vicrepresidentes bolivianos, se hallaban en la ciudad de Cobija, próxima a la frontera con Perú, también a punto de partir. La voz de Alan García soño áspera pero sin poder ocultar un matiz de vergüenza, según confesó el Vice a Cambio, un periódico de La Paz.

-Me dijo que habían volado el puente -relató días después Evo para la CNN- y que la inauguración se había cancelado. Que me esperaba para una conferencia de prensa con Lula y con Dilma, pero yo le dije que no iría, que lo enviaría a Álvaro que él está más comprometido con esas grandes obras de infraestructura y conoce mejor lo que es  el IIRSA- declaró el primer presidente indígena de Bolivia.

En Puerto Maldonado, García Linera expresó que la voladura del puente era un gran retroceso para todo el proceso de integración y el desarrollo de Sudamérica. -Ahora, nosotros haremos nuestro propio puente sobre el río Madre de Dios (el curso de agua es binacional NdelR). Vamos a ver si con nosotros se animan a volarlo – se jactó.

En la conferencia de prensa de marras, el aire se cortaba a daga. Además de Alan, Lula, Dilma, García Linera, se encontraban presentes Luis Alberto Moreno, presidente del Banco Interamericano de Desarollo, Enrique García, presidente de la Cooperación Andina de Fomento, y unos quinientos empresarios de una treintena de naciones. Los rostros iban de agrio a agrio oscuro. Un agro bussinessman argentino fue elocuente: “vinimos con ganas de comer y nos vamos con el cuchillo y el tenedor en los bolsillos. ¡Qué decepción más grande! ¿Cómo nos hace esto Alan García?”. La confusión también era evidente.

Alan García, por su parte, el rostro tallado a hachazos de furia, fue taxtativo: “los responsables de este atentado serán perseguidos, serán enjuiciados, serán castigados, cueste lo que cueste. Perros del hortelano” -espetó, reinstalando su famosa diatriba que lanzó contra los indios amazónicos del Perú, según él, los máximos opositores a los planes de desarrollo y el IIRSA. Pero esta vez, los acusados no eran los aborígenes, sino los miembros del CJH, el Comando Javier Heraud, el grupo de revoltosos más buscados de Sudamérica, el grupo de aguafiestas más buscados del planeta.

***

Si me permití tan extensa y florida introducción es porque el plato principal lo amerita. Sonó el teléfono de mi casa y tras dos combinaciones de vuelos regulares, un vuelo en una avioneta destartalada, catorce horas en jeep y dos días en canoa, obtuve lo inesperado: una entrevista con la compañera Amílcar, una de los miembros del enigmático (hasta ahora) Comando Javier Heraud. Sé que es histórico este encuentro, así que lo transcribiré in extenso, de nada a los servicios de inteligencia.

—Antes que antes, antes que nada, quisiera hacer una primera pregunta de rigor y de memorioso: ¿el nombre del comando es un homenaje al autor de Yo no me río de la muerte?

—Sí, obviamente. Creímos que era la mejor manera de dignificar y honrar a un colega que había sido asesinado en el mismísimo Puerto Maldonado.
—Es inevitable… entonces… ¿por eso volaron el puente? ¿Un homenaje al poeta Javier Heraud?

—De alguna manera sí, es un tributo a su memoria, porque igual que Javier somos poetas pero, en realidad, al
puente no lo volamos por él, lo volamos por los pueblos de la selva y por antiestético.
— ¿Por antiestético? Aclare por favor…
—Sí, ¿a quién se le ocurre hacer un puente sobre un río tan bello para que pasen mil quinientos camiones por día cargados de soya transgénica, producida en territorios donde antes había selva que ha sido devastada y donde antes vivían compañeros indios que han sido aniquilados y sufrido genocidio?
Es la respuesta más extraña que haya esperado encontrar en mi vida, así que la cosa merece contextualizarse un poco más.Tardé cinco días en llegar aquí, o sea al lugar donde entrevisté a Amilcar. Me animé a hacerlo porqué cuando les pregunté por-qué-justo-yo-para-la-entrevista-masbuscadadelaTierra, me dijeron: usted no es radical, pero es sensible, y eso me convenció. Deben ser buena gente, pensé, confieso, y tomé el primer avión. Ahora estoy en “algún lugar del mundo” y frente mío la compañera Amílcar (¿Por qué si eres mujer llevas nombre de varón? Líneas de fuga, hermano, avispa, orquídea, gato…estoy cansada de cien mil años de capitalismo, cien mil años de hipocresía, cien mil años de genocidio… y aparte por Amílcar Cabral, ¿te queda claro?), que viste casi como yo –un pantalón de algodón, una polera (la mía tiene impreso a Bob Marley; la suya, en cambio, es de tela estampada de camuflaje de selva), zapatillas (las mías son Nike originales; las suyas, una imitación taiwanesa)– pero que, supongo, y de antemano, estamos en antípodas ideológicas, por eso le pregunto y a rajatabla si no están reiniciando “la guerra popular y prolongada” en la selva:

—Nada que ver. Ese tipo de enfrentamiento estuvo bien para Mao y estuvo bien para China a la mitad del siglo XX. Nosotros, viejo, no somos maoístas, me hace mear de la risa la CIA cuando dicen que somos Sendero Luminoso. Respetamos a Sendero, siglo XX, Perú, pero nosotros, ya lo dije, somos poetas, siglo XXI, aquí y ahora, poetas…Poetas. Poetas. Poetas. Mi cabeza se dispara a seis mil millones de años luz para tratar de entender. Impactan sobre mi Maiakovski, Artaud, Urondo.

Pregunto:

—Poetas que asumen la lucha armada… digo ¿como Javier Heraud?

—No. Poetas que hacemos poesía como más y mejor nos nutra la poética de donde mamamos, de donde podemos mamar. Ya te lo he dicho, chico, nos cansamos de tanta estupidez y tanto desgarro. Creemos que lo del puente es,por sobre todo, un hecho estético. Un poema, su voladura. Escribimos sobre la piel del mundo, un poema. Raspamos ese poema de toda esa vorágine descabellada, nos sumergimos en el río para encontrarlo… un poema contra los antipoetas, los anti-poemas, los anti-mundo. No tuvimos miedo de morir…

—“entre árboles y pájaros”, ¡el poema de Heraud!
—¡Claro, pues!… si tuviéramos miedo de morir en la selva, nunca hubiéramos volado ese puente de mierda pero lo volamos y bueno… aquí estamos, ¿qué más quieres que te responda?– se levanta de su silla y me pregunta si quiero café o alguna hierba para hervir que no me acuerdo el nombre y yo la miro y sé que estoy frente a la jefa de los buzos que se volaron el puente en Puerto Maldonado: la mujer, el hombre (Compañera Amílcar es un compuesto andrógino por decir algo), más buscado de los más buscados del mundo por todos los que defienden el mundo tal como es y que seguirá empeorando, eso es seguro.

***

Todos se preguntan cómo volaron el puente y estoy frente a la jefa de los buzos operativos que lo reventó, así que le lanzo sin tapujos:
—Che, ¿lo volaron con C4?
—No… con TNT, clásico.
Me explica –es ardua la técnica– que lo combinaron con nitrato amónico porque sabe absorber agua y era lo mejor, dadas las circunstancias.
—Mira, el tema no son los explosivos, tenemos una capacidad ilimitada de producirlos, un químico austríaco,
solidario el tipo, era ecologista el hombre y el último ciervo de Austria se murió entre sus manos y se decepcionó del sistema y se contactó con nosotros. El puede fabricar la bomba atómica si quisiera pero, desde ya, eso está descartado por motivos éticos. El nos enseñó todo sobre demoliciones. Hicimos un curso con el WaynaIllapa, así le bautizamos con su nombre de guerra (NdelR: pequeño rayo en los Andes) en una playa del río Inambari…

Me sacudo de mi ensimismamiento: estoy frente a una que dice ser poeta y pone bombas, destruye puentes… le pregunto, secamente, y me enojo:

—Está bien, TNT, el austriaco y todo el rollo, pero decime: ¿Qué carajo tiene que ver todo esto con la poesía?
Ella, ella es capaz de cualquier cosa (al fin y al cabo, había volado el puente del IIRSA, de los empresarios más poderosos de Sudamérica, de los gobiernos que los secundan, de los bancos multilaterales que los financian… recuerdo las caras largas de Alan, de Lula, el sin rubor de García Linera… ¡habían demolido el puente! Y yo con ella, en algún lugar del mundo, ¡entrevistándola!) y me contestó:
—Rimbaud.
Me puse violeta, sentí caracoles o estampidas o que se yo.
—Rimbaud, cojudo. La voladura del puente yo la hice por Rimbaud, no por Heraud. Es algo personal, por si acaso: la hice contra Rimbaud.
Ella/el, entons, me explica porqué y habla pestes contra el Arthur de Abisinia traficando cuerpos y muriéndose de su propia gangrena antipoética y porqué una cosa es llamarse Comando Javier Heraud y otra cosa, muy diferente, es hacer un ataque pensando en o en homenaje a JH:

—El pibe se vino a morir a la selva y eso es conmovedor, lacerante y conmovedor. Pero yo no quiero morir y menos en la selva. La selva es de los indios y de nadie más. La idea de volar el puente tiene un solo mensaje: NO PASARÁN. Nadie más que los originarios de la selva deberían vivir en la selva…Cortante, precisa, elocuente. Le empiezo a creer a Amílcar.

***

Imagina una selva sin árboles: es imposible. No sería una selva. Imagina una selva quitándole todo lo que no vino de la selva, es decir, para empezar a los que arrancan o queman árboles, y después las carreteras, la ropa que usa la gente, los televisores, las ciudades donde vive esa gente con sus televisores, las vacas, los hijos de puta que meten vacas en la selva después de tumbarla, y beben whisky y son dirigentes políticos y cuando tienen poder y cuando no lo tienen también, matan indios y matan gente pobre y todo lo demás también. Si pudiéramos hacer rewind, nos hallaríamos deseando sólo la selva con árboles, con ríos, con tapires, con indios y con algunos hombres y mujeres que aman a la selva y con nadie más. Más o menos así es el proyecto político, digo poético, de Amílcar y sus compañeros. Más o menos así. Creo, con la compañera Amílcar, que si es selva debería haber árboles, que si no, no sería selva. Un lugar sin árboles que cosa sería: ¿un desierto acaso? Vean el Acre brasileño, por si dudan.

***

La entrevista tiene lugar en una choza en… ¡el fin del mundo! Pero, hay signos culturales que me inquietan y por eso pregunto, por un algo así como un altarcito que veo entre las ramas donde entre piedritas (reconozco un jade) y plantitas (¿serán mágicas?) veo cuatro fotos: uno es Chico Mendes, lo veo nítido con su eterna sonrisa, el mártir ecologista de ¿otro planeta?
—No, hermano, nosotros no somos ni Avatar ni menos de Saturno, esas son pajas… nosotros somos de acá– me esputa Amílcar, casi con desprecio. Puede ser despreciable, lo asumo.
—Sí, el del medio es Chico, muy inspirador. Si nosotros hubiéramos estado activos cuando luchaba, no dudes que lo hubiéramos defendido y tal vez hoy fuera uno de nuestros dirigentes… aunque andá a saber si hubiera aprobado lo del puente…

¡Qué osadía, carajo! Pero lo pienso a Chico vivo –así no hubiese estado de acuerdo con volar el puente- y me complace más que saberlo muerto, asesinado por los hijos de puta de siempre… mierda, desconfío de mí, ¿será que me han drogado estos locos?

—A la izquierda de Chico, y no tiene connotaciones de ninguna clase por si acaso eso de la izquierda (en mi atolladero mental lo pienso pero Amílcar se encarga de connotarlo), están Quintín Lame y Jaime Bateman, dos de Colombia, dos de ese lado– veo un arco iris de ilusiones mezcladas, veo el fin del mundo donde estoy y me empieza a parecer un lugar agradable, no veo, veo, no veo, veo, siento…—y a la derecha, esta él…
Y lo veo, martirizado, acribillado, irremediablemente
muerto.—Javier Heraud… Los poetas también tenemos derecho a sublevarnos.

***

El 21 de junio de 2011, el Comando Javier Heraud voló el puente sobre el río Madre de Dios. Le aguó la fiesta a Alan García, a Dilma, a Lula, a Evo, a los empresarios del mundo uníos que hay que conquistar la Amazonía. Dicen que casi todos dijeron lo mismo: ¡qué hijos de puta cómo nos van a volar el puente que queríamos tanto!(¡Como a Glenda!) ¡Cómo nos van a demoler nuestros sueños de ser suizos o noruegos o una manga de imbéciles y traidores con derrota y sin destino?

***

Hoy, ¿es el día de ayer? y yo no sé si estoy en la choza hablando con Amílcar o donde estoy. De lo único que estoy consciente es que han demolido el puto puente. Lo demás me importa un carajo. Mañana es mejor.

Río Abajo, 11 de octubre de 2010

¿Qué hay detrás de las declaraciones de Cocarico?

Obra de Abel Bellido Córdova (Abecor)

A Eugenio Rojas un día de marzo se le ocurrió sugerir, ignorando la CPE, que la tortura se legalice en ciertos casos. Cuando la crítica de adentro y afuera del poder le cayó encima, medio que se arrepintió, medio que no. El hombre fuerte del gobierno: Juan Ramón de la Quintana, mandó a Leopoldo Férnandez a dormir junto a los gusanos. No se inmutó. Hoy nuevamente forma parte del Poder Ejecutivo.

Ambas declaraciones, entre otras muchas, no se hicieron realidad: ni se torturó, ni Leopoldo está bajo tierra. Palabras, nada más. Antes de ayer Eugenio, ayer Juan Ramón, hoy César.

El Gobernador paceño, César Cocarico, amenazó con mandar a colgar a quienes se opongan al proceso de cambio encabezado por el Presidente Morales. Un par de días después se arrepintió. La oposición, medios de comunicación y la gente de a pie, rápidamente desaprobaron las palabras de Cocarico. No es para menos.  El llamamiento a desaparecer al enémigo político es tan retrógrada que tiene semejanza a aquella vieja y conocida  amenaza de quien fue Ministro del Interior del gobierno dictatorial de García Meza.

Se asemejan pero por nada son iguales. Aunque las nefastaas declaraciones de Cocarico parecen más osadas y fulminantes, son sólo palabras y nada más. Lo del testamento bajo el brazo, no. Eso se materializó con vidas humanas.

Los tiempos son otros. Nadie va a colgar a nadie. Aunque el vocero tenga toda la intención. Ya no. Por eso, señor opositor, sientáse tranquilo que no le van a medir la talla del cuello. Cuando más será usted correteado políticamente, que tampoco es poca cosa.

Dicho eso,  cabe preguntarse ¿por qué  las autoridades realizan declaraciones de ese tipo? ¿qué los mueve? Alguien dirá que el revanchismo, otro se inclinará por el salvajismo de una clase popular poco “civilizada”. Pero quizá la respuesta es más natural que todo ello: la borrachera del poder. La sensación de inmunidad que es inversamente proporcional al respeto por el otro; los desesperados reflejos de aferrarse a la mamadera demostrando lealtad, o sea llunk’erío, puro y duro.

No son cosas nuevas, ya se han visto y se seguirán viendo…

San Petesburgo

Me gustan los libros. Me gusta la lectura. Aunque no sé de eso de libros, quizá por eso no me animaría a jurarle amor eterno a la literatura. Y quizá por eso de no saber, también leo de todo, y de diez lecturas, nueve u ocho me fascinan. He visto a mucha gente que a fuerza de lectura se vuelve exquisita y entonces escoge minuciosamente sus lecturas y las reseña, y luego las critica ácidamente. También hay de los que saben de tapas, de hojas, de librerías. Yo no.

Puede que sea por eso que compre aún libros piratas, aunque no esta de más decirlo que cada vez me gustan menos. O que mis visitas a las librerías sean eternas, por eso de no saber qué quiero comprar. También está eso de quedarme con cara de opa al ver los precios.

Lo que me paso el otro día fue algo curioso. Estando en “Los Amigos del Libro” de la ciudad de La Paz, entré y como es costumbre, dí uno de esos eternos e indecisos recorridos, viendo libros desconocidos para mí en su mayoría, a precios extraños: 2, 7, 9. Me preguntaba si un libro podía valer 7 bolivianos o 9. Ingenuo como soy, pensé que sí. Me dije que esto de estar metido en los libros es de gente culta, educada, solidaria… y quizá por ello es que hayan decidido bajar de esa manera los precios para fomentar la lectura de este pueblo poco adepto a ello. Por supuesto no era así, como pude constatarlo al coger un libro que reunía “las mejores historias de terror de casas embrujadas” y que el precio indicaba: 20, pero más abajito y en letras más pequeñas, 16. Maravilloso, pensé. Fuí a caja y le dije a la encargada: “No entiendo esto del precio”. Ella tomó la calculadora y amablemente me dijo: “Serían 108 Bs”. Traté de esconder la cara de vergüenza y respondí que no me alcanzaba. Entonces apurando el mal momento me fuí a un extremo de la librería y cogí el libro que es motivo de ésta entrada y que no merecía una introducción tan larga como insensata: San Petesburgo (Ediciones Eureka), de Fernando Molina.

Fernando Molina es periodista y ensayista. Escribe una columna cada viernes en Página Siete, y debe ser uno de los mejores columnistas del país, no necesariamente por las ideas que vierte, sino por la claridad y coherencia con las que las expone. Sus ensayos también tienen algo de ello. En éste blog se le ha dedicado un espacio ya a su ensayo titulado “El pensamiento boliviano sobre los recursos naturales”.

Yo no sabía que Molina haya escrito novelas, pero mi sopresa fue mucha cuando descubrí que llegó a ser dos veces finalista del Premio Nacional de Novela, con obras que prefirió dejar inéditas. No sé si una de estas es San Petesburgo. Novela corta y bastante simple, pero no por ella deja de ser encantadora.

San Petesburgo es un repaso por los puntos de inflexión del personaje central de la novela, que no tiene nombre, ni no lo necesita. Como indica la contratapa del libro, lo que pasa en la novela es principalmente el tiempo.

Pequeñas cosas. Grandes cosas. Las marcas de la vida en la memoria: una pelota rebotando en la canilla, una fotografía, las aulas de una unversidad, cuna de ideales. San Petesburgo…
San Petesburgo como una mantra, como un conjuro contra la realidad. Como el alimento de la utopía. Una utopía que siempre se reinventa en le mente de quién añora otro mundo para todos, para sí. Y esto no es especialmente romántico, añora el que le huye al hoy, para escapar al futuro, próspero, de todos; o para volver al ayer, en un ejercicio rabioso de nostalgia. No hay espacio para el hoy,  quieto, sin vida. No hay nostalgia peor, que añorar lo que nunca jamás sucedió.

No sé si Fernando Molina haya publicado esas novelas, hasta ese entonces (2002) inéditas, o las publicará algún día. De ser así, seguro tendrá un espacio en éste hogar, que hasta ahora, casi, no le cierra las puertas a nadie.

 

Del vientre al alma, de un salto.

La organización de cerveceros de España cada año realiza una encuesta para identificar a los personajes públicos con los que los españoles preferirían irse de cañas, es decir, a tomarse unas cervecitas. Según los resultados de la encuesta de este año, el Rey Juan Carlos sería el personaje más requerido para compartir mesa y cerveza. Yo no sé qué gran cosa se puede conversar con el Rey, pero imagino en esa situación un español, desinhibido a través de la mezcla de la cebada, el agua y el lúpulo, se atrevería a cuestionar  a su Majestad ¿por qué siendo presidente honorífico de la WWF se va a matar elefantes, casi tan pesados como él? o se me antoja pensar que ya más chispado este imaginario amigo español pida una explicación, en una oración, sobre cuál es el rol que cumple Su Alteza. Qué se yo.

En Bolivia no existe tal encuesta, pero de existir seguro no se llamaría ir de cañas, ni solo nos conformaríamos con ir por unas míseras chelas, sino que sumadas a éstas deberían estar unas tutumas de chicha y alguno de esos vinos aperitivos o digestivos. Sí, digestivos, porque de más está decir que si de pasarla bien se trata y de gozar un momento ameno, pues tiene que haber algo para morfar. Y el lugar tiene que ser al sol, bajo una sombrilla, preferentemente en Cochabamba. Y la comida tiene que ser opulenta, no puede faltar llajua, hecha en batán, por una mujer, faltaría más.

¿Y el personaje? No puede ser otro que Ramón Rocha Monroy, pero no cualquier Ramón Rocha Monroy, sino el Ramón Rocha Monroy de “Todos los cominos conducen aroma” (Editorial El País). Es decir, el personaje  pícaro, filosofo (del vientre por supuesto), tradicional y cargado de anécdotas y sabiduría.

¿Por qué a él? Por las 315 páginas de este exquisito libro ya mencionado que son un viaje repleto de aromas, sabores y sensaciones por demás gratas. Un viaje por los platos nuestros, tan ricos e ingeniosos como venidos a menos, siquiera en la cotidianidad, por ese fenómeno llamado urgencia, que obliga a que la gente tome sopa en ¡vasos portátiles y con bombilla! y la comida se sirva rapidita nomás. Pero también en las páginas de nuestro libro hay espacio para los deleites foráneos, que el placer de servirse no tiene banderas, caray. Y los gustos de los grandes, como Wilde, Da Vinci, Freud (de insoportables manías), y los no tan grandes como Banzer, Tuto o el hermético Doctor Siles Zuazo. En fin, una exquisitez, pero también un reproche, una jalada de orejas, a nosotros frívolos y pobres de espíritu que a la par de ver/escuchar noticias amarillistas nos sentamos a la mesa a mascar alimentos, y nada más.  Así lo entiendo yo. Y quién sabe me dé la manía de Immanuel Kant, que no soportaba comer solo y entonces mandaba a su criado para que le encuentre compañía para su mesa, que por cierto no deberían ser menos de tres ni más de nueve.

En fin. Por eso yo elegiría a Ramón en mi mesa para picar (que es la máxima expresión de la solidaridad en la mesa) un plato. Cascarle unas chelas o unas chichas, mientras se platica largo y tendido, entre risas y ocurrencias.

Médicos vs Gobierno, una batalla incombustible

Tras algo más de un mes de intensa protesta, los médicos del sector público van radicalizando sus medidas de presión. Por ejemplo, este jueves 3 de mayo, médicos y trabajadores en salud cerraron rutas cerca de las trancas en los tramos carreteros de Cochabamba-Oruro, Santa Cruz-Trinidad y Trinidad-Santa Cruz. Por su parte el gobierno ha sumado a Juan Ramón Quintana como interlocutor con los médicos; además de ofrecer constantemente suspender la reglamentación del decreto para trabajar en él conjuntamente con los médicos y trabajadores de la salud. Por el momento no existe solución.

El conflicto médicos vs gobierno, que a estas alturas, se roba las primeras planas y los principales titulares de los noticieros, se parece a los tantos que ha vivido el país: un conflicto que inicia con medidas de presión, que se intensifican con el paso del tiempo, para terminar en diálogo, muchas veces forzado, y un consenso no del todo entusiasta. Es normal que ambas partes del conflicto no cedan ni un milímetro en su posición, y que se jaloneen a la opinión pública para que, escudados por ésta, su posición se torne “auténtica” y “justa”. Los medios de comunicación masiva entre tanto entretienen a su audiencia con las escenas más violentas y amarillistas, reproduciendo los dimes y diretes de los protagonistas especialmente controversiales.

En democracia, los conflictos son naturales y necesarios. Son un termómetro que mide el grado de participación de la población civil y sus agrupaciones en los problemas que, en otro contexto, el poder y sus élites resolverían a gusto y antojo. En otras palabras, y como se oye frecuentemente, en Bolivia dificilmente un gobierno hace lo que le entra en gana. Hasta ahí todo bien.

Sin embargo, entrando a más profundidad, las cosas no son tan lindas. Que un conflicto se prolongue a lo largo del tiempo, puede ser positivo (entendiendo que con el paso del tiempo la solución se vaya afinando); lo que no es positivo es el hecho de que en transcurso de ese tiempo, las posiciones de las partes cambien poco o nada. Es el caso del conflicto de médicos vs gobierno. Ninguno cede, y a diferencia de otros casos, los perjudicados no solamente son los que, a fuerza de bloqueos, no pueden movilizarse de un punto a otro o aquellos comerciantes que se les pudre la mercadería en mitad de una carretera interdepartamental.

En este escenario el perjuicio es mucho más serio, se trata de vidas humanas. Cualquiera que haya tenido una mala experiencia con la salud sabe que en esto es importante aliarse con el tiempo, porque uno o dos días perdidos pueden ser decisivos, cuando no letales. A los médicos y al gobierno parece no importarles esto, y si les importa, como seguramente lo dicen a través de hipócritas interlocutores, pareciera que no al nivel que importa tener la razón.

En nada ayuda mofarse de que el Presidente haya dicho o no que se siente feliz por no haber asistido a la universidad, tampoco que el Ministro haya permanecido 20 o 50 años en la carrera de medicina o que finalmente no haya salido ni bachiller. O que los médicos concentren su esfuerzo en tildar de dictador a Evo. Tampoco ayuda mucho saber si los estudiantes de medicina de las universidades públicas hayan o no participado de las protestas de Octubre del 2003.

Yo reprocho que el sector de la salud pública trabaje sólamente 6 horas en un país donde, sin lugar a dudas, lo mejor no es su sistema de salud. Me pudre ver a los mismos médicos que se la pasan coqueteando con sus visitadoras médicas hoy, frente a los micrófonos, aparezcan como los héroes de los enfermos. Pero también creo que está de buen tamaño ver las cosas desde una sola óptica y de manera tan simple: “Médicos flojos, trabajen 8 horas”. Seguramente que hay muchos profesionales de la salud que pretenden trabajar ocho horas, pero algo habrá que darles a cambio, como casi todo en esta vida. Si no entiende eso el gobierno, puede acabar perdiendo valiosos profesionales, que sin duda los hay.

Ojalá el conflicto se solucione sabiamente, antes de que los policias y huelguistas acaparen los pocos espacios que hay en emergencias de los hospitales públicos.

Filosofía del Trancapecho*


Querid@s y ventrud@s militantes de la buena vida: Mi hijo Ariel descubrió, mientras estudiaba en México, la utilidad de desayunar un tamal introducido en un bolillo y acompañado con atole. Esa combinación de huminta, marraqueta y api, en nuestra nomenclatura, hace escapar al hambre durante toda la jornada. Me lo contó y confieso que me estremecí como si me hubieran vaciado hormigón armado de la boca al orto, siguiendo naturalmente los meandros del intestino. Algo parecido sucede con ese invento de nuestra cultura de la pobreza: el trancapecho, alimento grueso y basto para peones y albañiles, pero al mismo tiempo antojito de jóvenes y señoritas de todas las clases sociales. El trancapecho es el hijo pobre del silpancho, que ya era pobre. Como su padre, el trancapecho es cochabambino de cepa, y para mayor precisión, del bravo barrio de Caracota, donde dio su primer vagido al llegar a esta vida llena de preocupaciones y de mujeres bonitas pero ajenas. (Es sabido: si son bonitas, o son ajenas o no existen). Sólo a nuestras bravas cochabambinas se les podía haber ocurrido globalizar el silpancho convirtiéndolo en un avatar de ese invento de Lord Montague: el sándwich. Abrieron entonces el vientre de un buen pan de toco y lo rellenaron con esa milanesa venida a menos que es la delgadísima carne apanada y frita del silpancho; le agregaron el consabido huevo estrellado y la sarsa de tomate, cebolla y locoto picados en cubitos milimétricos. Hasta ahí no habían innovado prácticamente nada, pero entonces se manifestó el espíritu faústico de la región y le agregó el toque inconcebible y final: el arroz y la papa cocida y frita. Listo: nació una nueva criatura alimenticia que, como todo recién nacido, no tenía nombre; y entonces el pueblo aquilató su consistencia de hormigón armado y lo bautizó con el pagano nombre de Trancapecho. ¡Es que te tranca de la boca al orto, y peor que el antojito mexicano que comentamos! Así el silpancho, que ya era barato, se abarató aun más en su nueva condición de trancapecho; o si se quiere, subió de estatus, porque ahora el dilema entre silpancho y trancapecho marca la diferencia. El morenazo baja de su Mitsubishi y la casera pregunta: ¿Silpancho o trancapecho? El tío la mira furioso y le dice: ¿Cómo? ¿Sabes con quién estás hablando? Ahhh. ¿O tengo cara de trancapecho? Recuerdo que el año 91 me traje una pareja de fotógrafos mexicanos y recorrimos juntos buena parte del territorio. Mientras ellos cumplían su trabajo, yo me ocupaba de detectar dónde servían los mejores platillos de la cocina regional. Comieron de todo: jakonta, thimpu, picante surtido, rostro asado, colita de cordero, chanka de conejo, phampaku, salteñas, kalapurka, jakalawa, chicharrón, silica, mondongo, cocko, majadito, patasca y… silpancho. Un año después los encontré y sólo guardaban memoria del silpancho. Me gustaría que conocieran y apadrinaran al nuevo retoño, el trancapecho. Total, ellos vienen también de una cultura de la pobreza y sabrán apreciar el ingenio popular ahora globalizado en un sánguchis, sí, pero ninguna méndiga hamburguesa ni otra pinche fast food que se le parezca.

*Texto extraído del Libro “Todos los cominos conducen aroma” del escritor cochabambino Ramón Rocha Monroy 

De calzones e indignados


Facebook y/o Twitter, palacios de lo “políticamente correcto”. Espacio mágico que hace de nosotros: voluntariosos, inteligentes, comedidos, patriotas, decididos, aguerridos,  indignados… Fácil es lamentarse tras un teclado, rabiar con todos los emoticons necesarios.

Cuando los machotes estudiantes del Colegio Bolívar, en Cochabamba, decidieron hacer su berrinche por el ingreso de nuevas e inéditas compañeras, los bolivianos en las redes sociales se tiraron de los pelos, exigieron juicios, clausuras; ¡los peores castigos, por favor, para los estudiantes y padres de familia retrógradas!

No es que no sea para indignarse; sí, lo es. Pero este suceso me hace recuerdo a aquel en el cual Rubén Costas, prefecto de Santa Cruz, fue herido por una bala delincuente, víctima de la inseguridad ciudadana. Por aquel entonces la protesta fue, cuando no, bulliciosa y hasta se organizó una cumbre de seguridad, entre tanto las voces críticas decían que por qué no pasa tal cosa ante los diarios atentados contra la seguridad de los “no prefectos”.

Este dilema del Colegio Bolívar es similar, puede que los excesiva indignación en las redes sociales haga parecer un hecho “anormal” el del machismo de jovenzuelos de no más de 18 años, o el de sus padres. Pero lo cierto es que en este país a diario se vive con ello, los mismos que se jalan los pelos hoy, puede que ayer jalaran los pelos de su señora; las que exigen clausura y juicios hoy, mañana vetarán a la novia de su hijito, porque esta le quiere ch’antar a su wawa. Y así, para cada gusto; por supuesto que no son todos, sobra decirlo. Porque el del colegio Bolívar es la excepción que sale a la luz, otras discriminaciones de ese tipo, se dan a diario ¿o acaso el susodicho colegio es el único que sólo admite varones? ¿ o acaso a las jovencitas que han cometido el “pecado” de embarazarse les niegan la reinserción escolar? ¿será falso eso de que profesores no necesariamente viejos ni verdes acosan a muchachitas por unos cuantos puntos?.

Lo “natural” en el país es eso: el machismo. Y si es que usted duda de las amarguras desparramadas en este texto, pues, a las pruebas me remito: A días de la payasada de los colegiales, a voz en cuello, en el kilómetro cero de Nuestra Señora de La Paz,  presidentes y ministras cantan coplas más machistas que el viejo caporal que hace temblar las avenidas orureñas. ¿Qué tal, esa? ¿Ahora a quién le pedimos renuncia, a quién enjuiciamos?

Mensaje al Club Bolívar


Si a un conductor radial le parecía que el Bolívar podía ser campeón de la Libertadores, seguramente mañana -después de que la “Academia” cayera 1-3 en casa- se le va antojar que Bolívar está para ser barrido de cabo a rabo, y comenzar de nuevo, con otros. Así, más o menos, se entiende el fútbol en este país. A los peridositas, fanáticos y dirigentes celestes, les da igual cualquier oportunidad para levitar y desprender los pies de la tierra. Vale una goleada a Guabirá para decir que ya se parece al Brcelona, vale un empate en tierras chilenas para decir que Bolívar esta revolucionando el fútbol boliviano. Ni lo uno ni lo otro. Bolívar es el reflejo nomás del triste fútbol boliviano. No es ninguna excepción. Hay que decirlo claro: Los años donde el club de Temladerani podía ganar campeonatos sin DT, ya han pasado. Alguna vez Fernando Númberg decía que el desafío de los clubes de la liga era ganarle un campeonato competitivo a Bolívar. Esos tiempos no van a volver. No así de fácil, no de un tirón. Ya no es Bolívar la pista de aterrizaje de grandes futbolistas nacionales, ahora lo son cualquier equipo chino o indio. No bastan inversiones inéditas acá, pero vulgares alla; no bastan directores deportivos, ni camisetas u horarios a la europea.No bastan hinchadas, jugadores y directores técnicos más argentinos que el tango. Al club celeste le falta entender que esta en proceso de reconstrucción, y no precisamente de reconstruir un fenómeno sudamericano (que nunca lo fue, pero que los suyos quieren entender que así fue), sino de reconstuir un equipo digno, por lo menos constante.Para ello sugiero, señor bolivarista: Escupa las ansias, pise tierra, baje la cabeza, olvídese del Barcelona, no se atenga a un par de millones, sacúdase de estrellas artificiales, por piedad, recupere su identidad y, entonces, salga al frente despojado de fantasmales glorias, y, entonces, trabaje libre y constantemente.