¡Aleluya, Luis Eduardo!

Crónica del concierto de Aute en La Paz

Tres horas de Concierto. Un desfile de canciones entrañables en la voz de un hombre comprometido con el arte y que se resiste a ser llamado artista. Luis Eduardo Aute,  inició la velada paceña, en el Teatro al Aire Libre, en medio de un frío intenso, con la hermosa “Me va la vida en ello”, tema que Silvio hizo suyo, a su estilo. Empezó presentando las canciones del nuevo trabajo, que es justo decirlo, es un álbum redondo, coherente y muy comprometido.

Luego se fueron intercalando entre viejas y nuevas: nostalgias y esperanzas. Aute y sus músicos lucían radiantes frente a un público que seguramente estaba cumpliendo un sueño, y que por mucho tiempo veía inalcanzable tener al gran trovador en sus escenarios.  Pero no sólo lo tuvieron encima del escenario. Hubo más. El concierto cerró una serie de tres presentaciones públicas de Luis Eduardo.  El día viernes en la mañana ofreció una sincera conferencia de prensa, con firma de autógrafos incluida. Por la noche, en un MUSEF atiborrado, Aute pasó de hablar de temas sociopolíticos en una crónica de nuestro tiempo, por no ser partidario de opinar sobre algo que no conoce a fondo, como es la situación actual de Bolivia; en cambio, derrochó su incombustible genio, recitando poemigas ingeniosos, llenos de humor e ironía.

Las criaturas que habitan los poemigas de Aute, son las mismas que habitan sus canciones: La lujuria, la muerte, la mujer y otros demonios. Escucharlo en vivo es entender mejor su poesía, porque Aute hace eso: poesía.

“Sexo líquido, universo de licor”, así introdujo a la fuera de serie “Mojándolo todo”; y así, con versos de poemas, historias o bromas iba presentando su repertorio  de más de una treintena de discos grabados. “Slowly”, “Una de dos” -presentada de una manera muy jocosa (“El maTRImonio es de tres, lo dice la misma palabra, sino fuera maBimonio”)-, “Quiéreme”, “Siento que te estoy perdiendo”… y más

Y los relojes huyeron del tiempo. Atrás quedan los coros, acompañamientos y órganos. En frente estaba la esencia: Aute y su guitarra, frente a un público, que no colmo el Teatro al aire libre, pero que estaba entregado al poeta. “Monstro”, “Maestro”, “Qué grande, Aute”, bajaba de las graderías de un Teatro a la intemperie. Eran los bises y Aute relucía sus más grandes obras de arte: “Dentro”, “Las cuatro y diez”, “Rosas en el mar”, “Dos o tres segundos de ternura”, “De alguna manera”, “Anda”…  y la eterna, siempre afilada a matar, “Sin tu latido”.

Y llegó el final. Aute escaló la cima y levitando en la belleza se despojo de todo acompañamiento. Desnudo. Sólo esa voz, dulce, encantadora y potente. Con los ojos cerrados y la cabeza erguida, claramente entregado a su oficio, entonó la eterna “Al Alba”, la misma que burló la censura franquista. Penetró en el alma de su público que le aplaudió de pie, durante prolongados minutos. Sabían que no habría de volver. No era necesario pedir más. Aute lo entregó todo.

El viernes, en conferencia de prensa, había dicho que a partir de la segunda mitad del siglo XX, una camada de colegas había emprendido la tarea de engrandecer la canción, situándola en el espacio donde moran las obras maestras, que generalmente se originan de otras artes, menos populares. Aute, anoche, demostró que eso es posible. Con su hermosa música viene dignificando la canción hace 40 años, le va la vida en ello. Y el que lo ve en el escenario sabe que tan noble oficio tiene para más, mucho más, afortunadamente.

¡Hasta siempre, maestro!

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