La Justicia, el palomar y Marcelo

Han pasado más de 30 años y el paradero de los restos de Marcelo Quiroga Santa Cruz sigue siendo una incognita agria. Nadie lo encuentra, porque nadie lo busca. Inmunidad, chantaje, manipulación, entre otras cosas impiden aclarar el hecho, los reponsables y las sanciones. Una muestra más del rostro grotesco de la Justicia boliviana. Justicia embarrada, que volverá a la luz -dicen los optimistas, por decir algo- a través del populismo, las masas y el vicio eterno del poder. Como si la Justicia fuera material, para poder cogerla de un salto. Como si fuera alcanzable. Como si no fuera un horizonte que huye cuando más se acerca uno a él. Y que sirve para eso, -como diría Galeano- para caminar. Como si algun día dejara de ser una Utopia.

– Será la forma barroca; la abundancia de ornamentos susceptibles de convertirse en nido… -insinuó Durcot, tímidamente.

– ¡No, hombre, no! Hay muchas cosas de las que podrían hacer un palomar. Ellas prefieren aquellos edificios que albergan alguna actividad humana de carácter teatral. Yo creo que han aceptado domesticarse, a condición de que las dejemos participar de aquellos aspectos de nuestra vida en los que nos mostramos inhumanos: nuestra sed de divinidad, de justicia, de belleza. Todos esos son valores que no podremos alcanzar. Utopías. Seguramente se sienten cautivadas por el aparato escénico del que rodeamos esas aspiraciones; por la ampulosidad con que disimulamos nuestras deficiencias. Como si ellas, desde allá arriba, comprendieran mejor la inutilidad de nuestros esfuerzos y sintieran cierta simpatía piadosa por nuestra debilidad… Pero usted me dirá que voy muy lejos -dijo haciendo su paso más lento.

Fragmento extraído de la novela Los deshabitados de Marcelo Quiroga Santa Cruz

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