San Petesburgo

Me gustan los libros. Me gusta la lectura. Aunque no sé de eso de libros, quizá por eso no me animaría a jurarle amor eterno a la literatura. Y quizá por eso de no saber, también leo de todo, y de diez lecturas, nueve u ocho me fascinan. He visto a mucha gente que a fuerza de lectura se vuelve exquisita y entonces escoge minuciosamente sus lecturas y las reseña, y luego las critica ácidamente. También hay de los que saben de tapas, de hojas, de librerías. Yo no.

Puede que sea por eso que compre aún libros piratas, aunque no esta de más decirlo que cada vez me gustan menos. O que mis visitas a las librerías sean eternas, por eso de no saber qué quiero comprar. También está eso de quedarme con cara de opa al ver los precios.

Lo que me paso el otro día fue algo curioso. Estando en “Los Amigos del Libro” de la ciudad de La Paz, entré y como es costumbre, dí uno de esos eternos e indecisos recorridos, viendo libros desconocidos para mí en su mayoría, a precios extraños: 2, 7, 9. Me preguntaba si un libro podía valer 7 bolivianos o 9. Ingenuo como soy, pensé que sí. Me dije que esto de estar metido en los libros es de gente culta, educada, solidaria… y quizá por ello es que hayan decidido bajar de esa manera los precios para fomentar la lectura de este pueblo poco adepto a ello. Por supuesto no era así, como pude constatarlo al coger un libro que reunía “las mejores historias de terror de casas embrujadas” y que el precio indicaba: 20, pero más abajito y en letras más pequeñas, 16. Maravilloso, pensé. Fuí a caja y le dije a la encargada: “No entiendo esto del precio”. Ella tomó la calculadora y amablemente me dijo: “Serían 108 Bs”. Traté de esconder la cara de vergüenza y respondí que no me alcanzaba. Entonces apurando el mal momento me fuí a un extremo de la librería y cogí el libro que es motivo de ésta entrada y que no merecía una introducción tan larga como insensata: San Petesburgo (Ediciones Eureka), de Fernando Molina.

Fernando Molina es periodista y ensayista. Escribe una columna cada viernes en Página Siete, y debe ser uno de los mejores columnistas del país, no necesariamente por las ideas que vierte, sino por la claridad y coherencia con las que las expone. Sus ensayos también tienen algo de ello. En éste blog se le ha dedicado un espacio ya a su ensayo titulado “El pensamiento boliviano sobre los recursos naturales”.

Yo no sabía que Molina haya escrito novelas, pero mi sopresa fue mucha cuando descubrí que llegó a ser dos veces finalista del Premio Nacional de Novela, con obras que prefirió dejar inéditas. No sé si una de estas es San Petesburgo. Novela corta y bastante simple, pero no por ella deja de ser encantadora.

San Petesburgo es un repaso por los puntos de inflexión del personaje central de la novela, que no tiene nombre, ni no lo necesita. Como indica la contratapa del libro, lo que pasa en la novela es principalmente el tiempo.

Pequeñas cosas. Grandes cosas. Las marcas de la vida en la memoria: una pelota rebotando en la canilla, una fotografía, las aulas de una unversidad, cuna de ideales. San Petesburgo…
San Petesburgo como una mantra, como un conjuro contra la realidad. Como el alimento de la utopía. Una utopía que siempre se reinventa en le mente de quién añora otro mundo para todos, para sí. Y esto no es especialmente romántico, añora el que le huye al hoy, para escapar al futuro, próspero, de todos; o para volver al ayer, en un ejercicio rabioso de nostalgia. No hay espacio para el hoy,  quieto, sin vida. No hay nostalgia peor, que añorar lo que nunca jamás sucedió.

No sé si Fernando Molina haya publicado esas novelas, hasta ese entonces (2002) inéditas, o las publicará algún día. De ser así, seguro tendrá un espacio en éste hogar, que hasta ahora, casi, no le cierra las puertas a nadie.

 

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Del vientre al alma, de un salto.

La organización de cerveceros de España cada año realiza una encuesta para identificar a los personajes públicos con los que los españoles preferirían irse de cañas, es decir, a tomarse unas cervecitas. Según los resultados de la encuesta de este año, el Rey Juan Carlos sería el personaje más requerido para compartir mesa y cerveza. Yo no sé qué gran cosa se puede conversar con el Rey, pero imagino en esa situación un español, desinhibido a través de la mezcla de la cebada, el agua y el lúpulo, se atrevería a cuestionar  a su Majestad ¿por qué siendo presidente honorífico de la WWF se va a matar elefantes, casi tan pesados como él? o se me antoja pensar que ya más chispado este imaginario amigo español pida una explicación, en una oración, sobre cuál es el rol que cumple Su Alteza. Qué se yo.

En Bolivia no existe tal encuesta, pero de existir seguro no se llamaría ir de cañas, ni solo nos conformaríamos con ir por unas míseras chelas, sino que sumadas a éstas deberían estar unas tutumas de chicha y alguno de esos vinos aperitivos o digestivos. Sí, digestivos, porque de más está decir que si de pasarla bien se trata y de gozar un momento ameno, pues tiene que haber algo para morfar. Y el lugar tiene que ser al sol, bajo una sombrilla, preferentemente en Cochabamba. Y la comida tiene que ser opulenta, no puede faltar llajua, hecha en batán, por una mujer, faltaría más.

¿Y el personaje? No puede ser otro que Ramón Rocha Monroy, pero no cualquier Ramón Rocha Monroy, sino el Ramón Rocha Monroy de “Todos los cominos conducen aroma” (Editorial El País). Es decir, el personaje  pícaro, filosofo (del vientre por supuesto), tradicional y cargado de anécdotas y sabiduría.

¿Por qué a él? Por las 315 páginas de este exquisito libro ya mencionado que son un viaje repleto de aromas, sabores y sensaciones por demás gratas. Un viaje por los platos nuestros, tan ricos e ingeniosos como venidos a menos, siquiera en la cotidianidad, por ese fenómeno llamado urgencia, que obliga a que la gente tome sopa en ¡vasos portátiles y con bombilla! y la comida se sirva rapidita nomás. Pero también en las páginas de nuestro libro hay espacio para los deleites foráneos, que el placer de servirse no tiene banderas, caray. Y los gustos de los grandes, como Wilde, Da Vinci, Freud (de insoportables manías), y los no tan grandes como Banzer, Tuto o el hermético Doctor Siles Zuazo. En fin, una exquisitez, pero también un reproche, una jalada de orejas, a nosotros frívolos y pobres de espíritu que a la par de ver/escuchar noticias amarillistas nos sentamos a la mesa a mascar alimentos, y nada más.  Así lo entiendo yo. Y quién sabe me dé la manía de Immanuel Kant, que no soportaba comer solo y entonces mandaba a su criado para que le encuentre compañía para su mesa, que por cierto no deberían ser menos de tres ni más de nueve.

En fin. Por eso yo elegiría a Ramón en mi mesa para picar (que es la máxima expresión de la solidaridad en la mesa) un plato. Cascarle unas chelas o unas chichas, mientras se platica largo y tendido, entre risas y ocurrencias.

Los deshabitados

El aleteo de las alas de una mariposa

se puede sentir al otro lado del mundo.

Así reza un proverbio chino y en cuyo enunciado se basa el Efecto Mariposa. En el marco de la Teoría del Caos, el Efecto Mariposa induce a creer que el más mínimo cambio en las condiciones iniciales de un sistema caótico puede alterar su linea evolutiva completamente.

Cuando Úrsula Iguarán, tenía que cargar con el peso de la desgraciada locura de su marido, recordaba el maldito día en el que el pirata Francis Drake asaltó Riohacha, haciendo huir a su bisabuela, tres siglos atrás, y desencadenando una serie de sucesos que acabarían en el lazo fraternal con José Arcadio Buendía, la fundación de Macondo y una serie de acontecimientos marcados por lo ilógico. Con mucha picardía, Gabriel Garcia Márquez, condiciona la existencia de Macondo. El efecto Mariposa en su esplendor.

Sin embargo, no todo es causa y efecto, y siguiendo en la linea literaria, bien podría ser la excepción un puñado de personajes que deambularon por el  imaginario de Marcelo Quiroga Santa Cruz, un grupo de personas deshabitadas. Los deshabitados, es la primera y única novela (completa) de Marcelo, una obra inspirada en acontecimientos, aparentemente, banales, dentro de una sociedad existencial.

Eduardo Naranjo. Abrazo de dos ausentes

La obra bien podría empezarse por el final, por el medio o  por donde sea. Con un mínimo esfuerzo las escenas y personajes vuelven a su realidad. Es una novela donde un argumento o  una trama clara, no existe. Apenas y es una narración de vidas separadas que, por compasión o naturaleza, convergen en un momento. Se dice que la gente igual se atrae, que los brillantes o cretinos, por una atracción invisible, se unen. Pues, en el contexto de Los deshabitados, estos también se atraen o quizá, más ella de esa suposición esotérica, solo responden a una condición natural. Quizá no se necesitan atraer, como un hecho extraordinario, por sus similitudes, sino más bien que están simplemente ahí; en su naturaleza de ser viviente que, guiada por su innata ambición e inconformidad, busca y no encuentra.

La novela refleja dos mundos diferentes: el del interior, de los pensamientos de los personajes y el de sus palabras y acciones exteriores; siendo el primer escenario el que más nos acerca a la realidad de cada uno de ellos. Acercándose, es cierto, pero sin llegar a desnudar del todo a cada ente que envuelve a la novela.

El libro es de un ritmo suave, casi lento. Los deshabitados no es lo más recomendable cuando acción es lo que se busca. Por momentos puede resultar cansino y monótono, pero jamás vacío. En los momentos donde Durcot (un escritor menor, frustrado y altamente pretencioso) y el Padre Justiniano (un párroco, mas cercano a la tierra que al cielo) , con sesgadas intenciones,  dialogan, la novela alcanza su punto máximo. En sus últimas páginas, por un momento, pareciera que una trama nacerá y que algo más existe tras esas vidas de los personajes – los cuales no sobrepasan los diez- algo así como un meollo que espera dejarnos boquiabiertos, muchas veces descrita en la literatura menor. No es el caso de Los deshabitados.

Un libro corto e introvertido; sin embargo, poderosamente atractivo, que, de alguna manera, nos puede ayudar a estudiar la obra de Marcelo Quiroga, no solo la obra literaria, sino toda su obra intelectual. Quizá así, poco a poco, podremos entender, antes de canonizar e inmortalizarlo en leyes o monumentos, a uno de los personajes mas interesantes del pasado siglo en Bolivia.