La Justicia, el palomar y Marcelo

Han pasado más de 30 años y el paradero de los restos de Marcelo Quiroga Santa Cruz sigue siendo una incognita agria. Nadie lo encuentra, porque nadie lo busca. Inmunidad, chantaje, manipulación, entre otras cosas impiden aclarar el hecho, los reponsables y las sanciones. Una muestra más del rostro grotesco de la Justicia boliviana. Justicia embarrada, que volverá a la luz -dicen los optimistas, por decir algo- a través del populismo, las masas y el vicio eterno del poder. Como si la Justicia fuera material, para poder cogerla de un salto. Como si fuera alcanzable. Como si no fuera un horizonte que huye cuando más se acerca uno a él. Y que sirve para eso, -como diría Galeano- para caminar. Como si algun día dejara de ser una Utopia.

– Será la forma barroca; la abundancia de ornamentos susceptibles de convertirse en nido… -insinuó Durcot, tímidamente.

– ¡No, hombre, no! Hay muchas cosas de las que podrían hacer un palomar. Ellas prefieren aquellos edificios que albergan alguna actividad humana de carácter teatral. Yo creo que han aceptado domesticarse, a condición de que las dejemos participar de aquellos aspectos de nuestra vida en los que nos mostramos inhumanos: nuestra sed de divinidad, de justicia, de belleza. Todos esos son valores que no podremos alcanzar. Utopías. Seguramente se sienten cautivadas por el aparato escénico del que rodeamos esas aspiraciones; por la ampulosidad con que disimulamos nuestras deficiencias. Como si ellas, desde allá arriba, comprendieran mejor la inutilidad de nuestros esfuerzos y sintieran cierta simpatía piadosa por nuestra debilidad… Pero usted me dirá que voy muy lejos -dijo haciendo su paso más lento.

Fragmento extraído de la novela Los deshabitados de Marcelo Quiroga Santa Cruz

http://www.flickr.com/photos/luismauri/5816196630/

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Los deshabitados

El aleteo de las alas de una mariposa

se puede sentir al otro lado del mundo.

Así reza un proverbio chino y en cuyo enunciado se basa el Efecto Mariposa. En el marco de la Teoría del Caos, el Efecto Mariposa induce a creer que el más mínimo cambio en las condiciones iniciales de un sistema caótico puede alterar su linea evolutiva completamente.

Cuando Úrsula Iguarán, tenía que cargar con el peso de la desgraciada locura de su marido, recordaba el maldito día en el que el pirata Francis Drake asaltó Riohacha, haciendo huir a su bisabuela, tres siglos atrás, y desencadenando una serie de sucesos que acabarían en el lazo fraternal con José Arcadio Buendía, la fundación de Macondo y una serie de acontecimientos marcados por lo ilógico. Con mucha picardía, Gabriel Garcia Márquez, condiciona la existencia de Macondo. El efecto Mariposa en su esplendor.

Sin embargo, no todo es causa y efecto, y siguiendo en la linea literaria, bien podría ser la excepción un puñado de personajes que deambularon por el  imaginario de Marcelo Quiroga Santa Cruz, un grupo de personas deshabitadas. Los deshabitados, es la primera y única novela (completa) de Marcelo, una obra inspirada en acontecimientos, aparentemente, banales, dentro de una sociedad existencial.

Eduardo Naranjo. Abrazo de dos ausentes

La obra bien podría empezarse por el final, por el medio o  por donde sea. Con un mínimo esfuerzo las escenas y personajes vuelven a su realidad. Es una novela donde un argumento o  una trama clara, no existe. Apenas y es una narración de vidas separadas que, por compasión o naturaleza, convergen en un momento. Se dice que la gente igual se atrae, que los brillantes o cretinos, por una atracción invisible, se unen. Pues, en el contexto de Los deshabitados, estos también se atraen o quizá, más ella de esa suposición esotérica, solo responden a una condición natural. Quizá no se necesitan atraer, como un hecho extraordinario, por sus similitudes, sino más bien que están simplemente ahí; en su naturaleza de ser viviente que, guiada por su innata ambición e inconformidad, busca y no encuentra.

La novela refleja dos mundos diferentes: el del interior, de los pensamientos de los personajes y el de sus palabras y acciones exteriores; siendo el primer escenario el que más nos acerca a la realidad de cada uno de ellos. Acercándose, es cierto, pero sin llegar a desnudar del todo a cada ente que envuelve a la novela.

El libro es de un ritmo suave, casi lento. Los deshabitados no es lo más recomendable cuando acción es lo que se busca. Por momentos puede resultar cansino y monótono, pero jamás vacío. En los momentos donde Durcot (un escritor menor, frustrado y altamente pretencioso) y el Padre Justiniano (un párroco, mas cercano a la tierra que al cielo) , con sesgadas intenciones,  dialogan, la novela alcanza su punto máximo. En sus últimas páginas, por un momento, pareciera que una trama nacerá y que algo más existe tras esas vidas de los personajes – los cuales no sobrepasan los diez- algo así como un meollo que espera dejarnos boquiabiertos, muchas veces descrita en la literatura menor. No es el caso de Los deshabitados.

Un libro corto e introvertido; sin embargo, poderosamente atractivo, que, de alguna manera, nos puede ayudar a estudiar la obra de Marcelo Quiroga, no solo la obra literaria, sino toda su obra intelectual. Quizá así, poco a poco, podremos entender, antes de canonizar e inmortalizarlo en leyes o monumentos, a uno de los personajes mas interesantes del pasado siglo en Bolivia.