Del vientre al alma, de un salto.

La organización de cerveceros de España cada año realiza una encuesta para identificar a los personajes públicos con los que los españoles preferirían irse de cañas, es decir, a tomarse unas cervecitas. Según los resultados de la encuesta de este año, el Rey Juan Carlos sería el personaje más requerido para compartir mesa y cerveza. Yo no sé qué gran cosa se puede conversar con el Rey, pero imagino en esa situación un español, desinhibido a través de la mezcla de la cebada, el agua y el lúpulo, se atrevería a cuestionar  a su Majestad ¿por qué siendo presidente honorífico de la WWF se va a matar elefantes, casi tan pesados como él? o se me antoja pensar que ya más chispado este imaginario amigo español pida una explicación, en una oración, sobre cuál es el rol que cumple Su Alteza. Qué se yo.

En Bolivia no existe tal encuesta, pero de existir seguro no se llamaría ir de cañas, ni solo nos conformaríamos con ir por unas míseras chelas, sino que sumadas a éstas deberían estar unas tutumas de chicha y alguno de esos vinos aperitivos o digestivos. Sí, digestivos, porque de más está decir que si de pasarla bien se trata y de gozar un momento ameno, pues tiene que haber algo para morfar. Y el lugar tiene que ser al sol, bajo una sombrilla, preferentemente en Cochabamba. Y la comida tiene que ser opulenta, no puede faltar llajua, hecha en batán, por una mujer, faltaría más.

¿Y el personaje? No puede ser otro que Ramón Rocha Monroy, pero no cualquier Ramón Rocha Monroy, sino el Ramón Rocha Monroy de “Todos los cominos conducen aroma” (Editorial El País). Es decir, el personaje  pícaro, filosofo (del vientre por supuesto), tradicional y cargado de anécdotas y sabiduría.

¿Por qué a él? Por las 315 páginas de este exquisito libro ya mencionado que son un viaje repleto de aromas, sabores y sensaciones por demás gratas. Un viaje por los platos nuestros, tan ricos e ingeniosos como venidos a menos, siquiera en la cotidianidad, por ese fenómeno llamado urgencia, que obliga a que la gente tome sopa en ¡vasos portátiles y con bombilla! y la comida se sirva rapidita nomás. Pero también en las páginas de nuestro libro hay espacio para los deleites foráneos, que el placer de servirse no tiene banderas, caray. Y los gustos de los grandes, como Wilde, Da Vinci, Freud (de insoportables manías), y los no tan grandes como Banzer, Tuto o el hermético Doctor Siles Zuazo. En fin, una exquisitez, pero también un reproche, una jalada de orejas, a nosotros frívolos y pobres de espíritu que a la par de ver/escuchar noticias amarillistas nos sentamos a la mesa a mascar alimentos, y nada más.  Así lo entiendo yo. Y quién sabe me dé la manía de Immanuel Kant, que no soportaba comer solo y entonces mandaba a su criado para que le encuentre compañía para su mesa, que por cierto no deberían ser menos de tres ni más de nueve.

En fin. Por eso yo elegiría a Ramón en mi mesa para picar (que es la máxima expresión de la solidaridad en la mesa) un plato. Cascarle unas chelas o unas chichas, mientras se platica largo y tendido, entre risas y ocurrencias.

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Filosofía del Trancapecho*


Querid@s y ventrud@s militantes de la buena vida: Mi hijo Ariel descubrió, mientras estudiaba en México, la utilidad de desayunar un tamal introducido en un bolillo y acompañado con atole. Esa combinación de huminta, marraqueta y api, en nuestra nomenclatura, hace escapar al hambre durante toda la jornada. Me lo contó y confieso que me estremecí como si me hubieran vaciado hormigón armado de la boca al orto, siguiendo naturalmente los meandros del intestino. Algo parecido sucede con ese invento de nuestra cultura de la pobreza: el trancapecho, alimento grueso y basto para peones y albañiles, pero al mismo tiempo antojito de jóvenes y señoritas de todas las clases sociales. El trancapecho es el hijo pobre del silpancho, que ya era pobre. Como su padre, el trancapecho es cochabambino de cepa, y para mayor precisión, del bravo barrio de Caracota, donde dio su primer vagido al llegar a esta vida llena de preocupaciones y de mujeres bonitas pero ajenas. (Es sabido: si son bonitas, o son ajenas o no existen). Sólo a nuestras bravas cochabambinas se les podía haber ocurrido globalizar el silpancho convirtiéndolo en un avatar de ese invento de Lord Montague: el sándwich. Abrieron entonces el vientre de un buen pan de toco y lo rellenaron con esa milanesa venida a menos que es la delgadísima carne apanada y frita del silpancho; le agregaron el consabido huevo estrellado y la sarsa de tomate, cebolla y locoto picados en cubitos milimétricos. Hasta ahí no habían innovado prácticamente nada, pero entonces se manifestó el espíritu faústico de la región y le agregó el toque inconcebible y final: el arroz y la papa cocida y frita. Listo: nació una nueva criatura alimenticia que, como todo recién nacido, no tenía nombre; y entonces el pueblo aquilató su consistencia de hormigón armado y lo bautizó con el pagano nombre de Trancapecho. ¡Es que te tranca de la boca al orto, y peor que el antojito mexicano que comentamos! Así el silpancho, que ya era barato, se abarató aun más en su nueva condición de trancapecho; o si se quiere, subió de estatus, porque ahora el dilema entre silpancho y trancapecho marca la diferencia. El morenazo baja de su Mitsubishi y la casera pregunta: ¿Silpancho o trancapecho? El tío la mira furioso y le dice: ¿Cómo? ¿Sabes con quién estás hablando? Ahhh. ¿O tengo cara de trancapecho? Recuerdo que el año 91 me traje una pareja de fotógrafos mexicanos y recorrimos juntos buena parte del territorio. Mientras ellos cumplían su trabajo, yo me ocupaba de detectar dónde servían los mejores platillos de la cocina regional. Comieron de todo: jakonta, thimpu, picante surtido, rostro asado, colita de cordero, chanka de conejo, phampaku, salteñas, kalapurka, jakalawa, chicharrón, silica, mondongo, cocko, majadito, patasca y… silpancho. Un año después los encontré y sólo guardaban memoria del silpancho. Me gustaría que conocieran y apadrinaran al nuevo retoño, el trancapecho. Total, ellos vienen también de una cultura de la pobreza y sabrán apreciar el ingenio popular ahora globalizado en un sánguchis, sí, pero ninguna méndiga hamburguesa ni otra pinche fast food que se le parezca.

*Texto extraído del Libro “Todos los cominos conducen aroma” del escritor cochabambino Ramón Rocha Monroy